IA sin bajar la guardia
Fecha de publicación noviembre 3, 2026
Escrito por
Aligo
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Conocimiento, Inteligencia Artifical, Riesgos, Herramientas
ETIQUETAS
Inteligencia Artificial, Tecnología
De su trabajo final a la oficina: la inteligencia artificial subió el nivel de lo que entregamos y, al mismo tiempo, cambió el precio de un descuido.
Empecemos por lo justo: la IA sí subió el nivel
Cuando preguntamos en un auditorio quién usó inteligencia artificial esta semana para algo de la universidad o del trabajo, casi todas las manos se levantan, y está bien que lo hagan.
Hoy cualquiera puede pedir que le expliquen en lenguaje sencillo un documento de veinte páginas antes de leerlo, encontrar el error en mil líneas de código, recibir una crítica de su propio texto antes de entregarlo o practicar inglés técnico sin pagar clases por hora. Y eso no es hacer trampa. Es lo que un buen profesional hace con una buena herramienta.
Pero todo lo anterior tiene algo en común, y es fácil de pasar por alto: la información que uno entrega ahí es suya. Su ensayo, su código, su tarea. Si se filtra, el daño es propio y es pequeño. Esa es justamente la costumbre que deja de ser inofensiva el día en que uno firma un contrato de trabajo.
La idea de fondo
Todo lo que usted escribe en una IA sale de su control. En la universidad eso cuesta una nota. En una empresa cuesta el empleo, y a veces millones.
El día que las reglas cambian
En las prácticas profesionales o en el primer empleo aparecen tres cosas que antes uno no manejaba: datos de clientes, información financiera y secretos técnicos de la empresa. Nada de eso es propio. Y el escenario siempre es el mismo: uno cansado, el jefe apurado, un informe para mañana.
El impulso es idéntico al de la universidad: seleccionar, copiar, pegar, “resúmeme esto”.
Cuando eso pasa, ocurren tres cosas al mismo tiempo. Primero, la información sale de la red de la empresa y queda en un servidor de un tercero, casi siempre en otro país. Segundo, queda guardada en un historial y, según la herramienta y el plan, puede usarse para entrenar el modelo. Tercero, y es lo que más se olvida, tiene consecuencias legales: en Colombia, la Ley 1581 de 2012 obliga a la empresa a proteger los datos personales que le confían sus clientes, y usted acaba de entregárselos a un proveedor que nadie autorizó.
Nada de esto requiere un hacker. No hay ningún ataque: la fuga la provoca un empleado bien intencionado, pero con prisa.
Tres casos con nombre propio
Samsung
El copy-paste que le prohibió la IA a una empresa entera
En marzo de 2023, para mejorar la productividad, Samsung levantó su prohibición interna de ChatGPT. En menos de tres semanas había identificado al menos tres fugas: un empleado pegó el código fuente de un programa de base de datos de semiconductores para que la herramienta le encontrara el error, otro subió código de detección de defectos en equipos y un tercero transcribió una reunión interna y la pegó en el chat para pedir el acta.
En mayo, la compañía prohibió la IA generativa en sus equipos corporativos y advirtió que una filtración así podía terminar en despido. Eran ingenieros altamente calificados y, aun así, no vieron el riesgo: el problema no es de nivel técnico, es que nadie les dio una regla clara.
Mata contra Avianca
seis sentencias que no existían
En 2023, el abogado de un pasajero que demandó a Avianca presentó ante un tribunal de Nueva York un escrito con seis decisiones judiciales que respaldaban su posición.
Ninguna existía: la herramienta las había inventado con nombres, expedientes y citas verosímiles, atribuidas a jueces reales. Cuando el tribunal pidió las copias, el abogado volvió a preguntarle al chat si los casos eran reales, y el chat respondió que sí. Terminó sancionado junto con su firma.
La lección es doble: el modelo no sabe cuándo no sabe, y no sirve preguntarle a la IA si la IA se equivocó.
Air Canada
Lo que promete el chatbot, lo paga la empresa
El chatbot de la aerolínea le prometió a un pasajero un reembolso que la política real no contemplaba. Air Canada se negó a pagar y argumentó que el chatbot, aunque estaba en su propio sitio web, debía considerarse una entidad separada, responsable de sus propias respuestas. En febrero de 2024, un tribunal de Columbia Británica le respondió lo evidente: la aerolínea no explicó por qué el cliente tendría que verificar en una parte de su sitio lo que había encontrado en otra parte del mismo sitio. Tuvo que indemnizarlo. La responsabilidad no se delega en la herramienta.
Tres industrias, ningún ataque informático. En los tres casos hubo personas normales que usaron una herramienta poderosa en el momento equivocado, o que confiaron en ella más de lo que aguanta.
Siete reglas que sirven hoy y seguirán sirviendo contratado
No hace falta desconfiar de la inteligencia artificial para usarla bien. Basta con convertir unas cuantas decisiones en costumbre.
- La regla del semáforo: Antes de pegar algo, pregúntese de quién es. Si es de alguien más, no se pega.
- Anonimice antes de preguntar: Casi siempre se obtiene la misma ayuda sin el dato sensible. La IA no necesita saber que el cliente se llama Pedro.
- Use la herramienta que la empresa autorizó: Existe una versión corporativa justamente para que sus datos no entrenen el modelo. Usar la cuenta personal en el trabajo se llama Shadow AI y es la fuga más común hoy.
- Verifique todo dato con nombre, número o fecha: Citas, artículos de ley, cifras, funciones de una librería. Si no lo confirmó en la fuente, no va en el entregable.
- Verifique a las personas por fuera del canal: Si un jefe pide plata, un cambio de cuenta bancaria o una clave por chat, correo o videollamada, cuelgue y llame al número que ya tenía. Con la clonación de voz y video, ver y oír a alguien ya no prueba que sea esa persona.
- Revise su historial y lo que comparte: Apague el entrenamiento con sus datos si la herramienta lo permite, borre lo viejo y trate cada enlace de conversación que comparta como si fuera público.
- Usted firma, usted responde: Entregue solo lo que puede defender en una sustentación o en una reunión, línea por línea, sin la IA presente.
Si solo se lleva una, que sea el semáforo
Y si el semáforo se le olvida, queda la versión corta:
si no lo publicaría en LinkedIn, no lo pegue en un chat.
Dos preguntas, no una
Casi todos nos hacemos la primera: ¿esto me ahorra tiempo? Está bien que nos la hagamos. La segunda casi nadie se la hace: ¿esto que estoy escribiendo puede salir de mi control? Quien está en la universidad todavía tiene margen para volver automática la segunda pregunta, mientras equivocarse le cueste apenas una nota. En la empresa ese margen no existe.
En ALIGO atacamos empresas, con autorización, para encontrar sus fallas antes que los criminales. Lo que encontramos casi nunca es una tecnología rota: es una persona con prisa. La buena noticia es que eso se entrena.